La Espiritualidad del Cuerpo

La Espiritualidad del Cuerpo

Nuestra espiritualidad se da en lo concreto de nuestro cuerpo, y nuestro cuerpo no se reduce a lo puramente material, sino que está animado por la fuerza de lo espiritual. En este taller te proponemos profundizar en esta experiencia unitaria de cuerpo y espíritu a través de la Bioenergética, un modo de comprender a la persona a través de los procesos energéticos del cuerpo.

Inscripciones abiertas en https://goo.gl/forms/gBImRNw0yqCmcRKi2

 

Santos y Beatos de la Compañía

La santidad anónima

Desde San Ignacio en adelante, los jesuitas tenemos muchos hermanos en los altares: Francisco Javier, Pedro Fabro, Francisco de Borja, Alonso Rodríguez, Luis Gonzaga, Juan Berchmans, y una interminable lista de santos y beatos, cada uno con su memoria en el calendario. Por eso, en este día de todos los santos, quiero recordar esa multitud anónima de compañeros que han llegado a ser poseídos por el Espíritu Santo (que la santidad no es otra cosa que haberle hecho espacio al Espíritu, como una morada).  Allí está la santidad cotidiana, la de todos los días, la que muy pocos se dan cuenta. Es la santidad anónima de la guarda de los sentidos (C 250), la que se esfuerza en mantener la intención recta (C 288) pensar bien de los demás (EE 22) y hacer lo que le toca hacer con toda devoción posible (C 282).  La santidad anónima de amar la pobreza como madre, abrazando los efectos de ella (C 287), y abrazando también a los empobrecidos y marginados. La santidad anónima de quienes aman y desean asemejarse a Cristo pobre y humilde, con todo su séquito de injurias, falsos testimonios, afrentas, y ser tenidos y estimados por locos (C 101), así como fue tenido Jesús, así como fue tenido Ignacio.  La santidad anónima y cotidiana de quienes buscan proceder con espíritu de amor y no turbados de temor (C 547), poniendo su esperanza en que solo Dios podrá conservar y llevar adelante lo que se dignó comenzar (C 812). 

Pero la santidad anónima es árida y poco gratificante, como la de quienes navegaron en las ciencias duras, las culturas profanas y las políticas civiles (C 622), haciendo presencia allí donde el Reino aún no había llegado.  La santidad anónima es también la mundana, la que se vive más en la trinchera que en los templos, más en las encrucijadas de los caminos y no tanto en el salón de la fiesta de bodas (Lc 14, 23). La santidad anónima es invisible, se vive en el secreto de fidelidades sangrantes y vacíos fecundos, desconocidos por la mayoría de la misma Compañía.

Brindo hoy por estos compañeros y por esta forma de santidad.

Agustín Rivarola, SJ