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El TAO ignaciano

El TAO ignaciano

  • “Cuida tus pensamientos, ellos se convierten en palabras.
  • Cuida tus palabras, ellas se convierten en acciones.
  • Cuida tus acciones, ellas se convierten en hábitos.
  • Cuida tus hábitos, ellos se convierten en carácter.
  • Cuida tu carácter, él se convierte en tu destino”.

Así recoge Lao Tze la importancia que Oriente le otorga al mundo de los pensamientos.  Desde ellos, transitando las otras instancias de palabras, acciones, hábitos y carácter, construimos nuestro destino. También Ignacio confiere gran importancia a los pensamientos, siempre teniendo en cuenta que lo entiende en su amplio sentido de la interioridad, donde incluye la acción de la gracia y la tentación: “presupongo ser tres pensamientos en mí, uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer, y otros dos que vienen de fuera: el uno que viene del buen espíritu, y el otro del malo” (Ej 32).

Ignacio fue un hombre de acción, deseoso de hacer grandes cosas, y por eso examinaba su conciencia cada hora.  Toda su mística se resumió en ser contemplativo en la acción, y no por ello le restó importancia al mundo que había comenzado a detectar en Loyola, advirtiendo “cómo unos pensamientos le dejaban triste y otros alegre” (Au 8). Poco a poco fue transmitiendo la importancia de los pensamientos, donde lo primero es revisar la interioridad “de hora en hora y de tiempo en tiempo” (Ej 43).  Nunca dejó de hacer su propio examen cotidiano de conciencia, “poniendo por escrito lo que pasaba por su alma” (Au 100), teniéndolo como el mejor medio para aprovecharse en espíritu. Considera los pensamientos en las muchas adiciones que acompañan las jornadas de Ejercicios: al acostarse (Ej 73) al despertarse (Ej 74), al comenzar la oración “alzado el entendimiento arriba” (Ej 75), evitando los pensamientos contrarios a la gracia que busco recibir (Ej 78).  También los pensamientos tienen lugar en el tercer tiempo de elección, “raciocinando” (Ej 178), nos avisan cuando han logrado liberarse de falsas culpas y escrúpulos (Ej 347), y cuando la desolación se quiere instalar como nuestro escenario vital (Ej 317). En el discernimiento de la segunda semana recomienda “mucho advertir el discurso de los pensamientos” (Ej 333), puesto que su coherencia y continuidad –“principio, medio y fin”-  significan la presencia de Dios. De este modo se explica aquella constante vigilancia de Ignacio que nos cuenta Diego Laínez: “Tiene tanto cuidado de su conciencia, que cada día va confiriendo semana con semana y mes con mes y día con día, y procurando cada día de hacer provecho” (FN, I, 140).

En este mundo tan sensible a los éxitos visibles, el cuidado de los pensamientos puede parecer una pérdida de tiempo.  Necesitamos reeducarnos en atender y conectar con el mundo invisible de mi interioridad, no solo para encontrar a Dios presente en todas las cosas, sino para edificar la grandeza de la vocación, que es nuestro destino. Así también lo dice Lao Tze: “El árbol que puedes abrazar, nace de una minúscula semilla; una torre de nueve plantas se asienta primero en el suelo; un viaje de mil kilómetros empieza por apoyar el pie en el suelo.”

Agustín Rivarola, SJ

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