Oasis Ignaciano

Oasis Ignaciano

Un espacio de reflexión ignaciana

Compartimos este Oasis Ignaciano con todos aquellos que quieran dedicar un tiempo para detenerse, reflexionar y tomar impulso para seguir camino.

Un oasis es un lugar que se encuentra en medio de desiertos arenosos, donde brota un manantial y está rodeado de vegetación.  En la antigüedad, cuando las travesías por el desierto eran aún más arduas que hoy, los oasis gozaban de una importancia vital, abasteciendo a los viajeros y beduinos. Esta función hace que utilicemos la palabra “oasis” como un lugar de descanso, tregua y refugio para los contratiempos de la vida.

Queremos tomar la figura del Oasis, que está asociada con vida, frescura, reposo… Un oasis no es un lugar para quedarse, sino para tomar fuerzas, mirar los recorridos, recomponer los mapas, sopesar la carga y suministrarse de provisiones para el camino que sigue. De este modo, seríamos un “centro” de confluencias, un punto de encuentro donde convergen diversidades de todo tipo. 

Así como fue en Pentecostés (Hechos 2, 1-13), queremos que el mismo Espíritu pueda comunicarse en distintas lenguas, culturas y procedencias.  Queremos una espiritualidad de comunión en la diversidad.

Iglesia pobre para los pobres

Una Iglesia pobre para los pobres.

Apenas Francisco comenzó su pontificado, causó frescura y novedad su deseo de construir una “iglesia pobre para los pobres”. ¿De dónde pudo haber sacado esta frase? Ciertamente es algo que ya habían dicho Juan XXIII y Pablo VI. El primero, en varias oportunidades dijo que debemos ser “Iglesia de los pobres”; Pablo VI era más explícito: los pobres pertenecen a la Iglesia por “derecho evangélico” y obligan a la opción fundamental por ellos.

Durante las sesiones del Concilio Vaticano II, varios obispos tratan el tema en sus intervenciones, entre ellos monseñor Iriarte, obispo de Resistencia, Chaco.  La más enfática fue la del Cardenal Lercaro, en la primera etapa del Concilio, diciendo que “la acción de la Iglesia debe estar caracterizada por la nota de la pobreza. La pobreza es el signo de la Encarnación: los profetas que la anunciaron, la Virgen que fue el instrumento, Belén que fue el escenario, llevan la señal de la pobreza. El mundo de hoy hace injuria a la pobreza de dos tercios de la humanidad… Que los Obispos, muchos de los cuales son po­bres, aparezcan como tales, para no escandalizar a los pobres. Que haya una real pobreza sacerdotal, pobreza en las Congregaciones religiosas. Si la Iglesia es fiel a la pobreza, descubrirá el método más apto para predi­car íntegramente el Evangelio, mensaje de Dios, que por amor a nosotros, siendo rico, se hizo pobre”[1]

Pero el Papa Francisco seguramente se ha inspirado también en su espiritualidad ignaciana, nacida de aquel deseo de “predicar en pobreza”[2].  Efectivamente, desde los inicios de su conversión, cuando aún no había ningún atisbo de fundar una Orden religiosa, Ignacio sabía que su opción fundamental era vivir en pobreza evangélica y dedicarse a predicar la Buena Nueva, tal como hacía Jesucristo y los apóstoles.  Luego vienen los estudios, los compañeros, el sueño de conformarse en grupo.  En París, en tiempo de los votos de Montmartre, los compañeros hacen el voto de pobreza, que ellos entienden como el compromiso de no tener propiedades, ni fuentes de ingresos, y vivir de limosna.

Parafraseando al Cardenal Lercaro, Ignacio deseaba “una Compañía pobre para los pobres”.  Simón Rodríguez, uno de los primeros compañeros, describe así la vida del grupo cuando estaban en Venecia: “[…] habiéndose dividido en dos grupos, escogieron, para emplearse con los pobres y los enfermos, dos hospicios […]. Su tarea era servir a los mendigos, hacer las camas, barrer la casa, amortajar y enterrar a los muertos, llenar las fosas que ellos habían abierto; en fin, estar al servicio de todos día y noche, con diligencia, fervor, gozo y alegría […]. Además de los altos estudios a los que se dedicaban nuestros Padres y de los grandes trabajos en que se gastaban, tenían corrientemente conversaciones espirituales muy a propósito con los mendigos […]”.[3]

La vida pobre de estos primeros jesuitas estaba efectivamente siempre al borde de la miseria, pero es la que orientaba su actividad. Aún teniendo trato con nobles y poderosos, querían mostrar que el punto de partida (la base, por así decir, “congénita” de su misión) es la vida religiosa pobre, organizada sobre el modelo de la vida de los pobres[4].  Concebían su vida religiosa orientada hacia ellos y como ellos; esta cercanía le daba sentido a su presencia entre los grandes.

[1] M. Nicolau , La Iglesia del Concilio, Bilbao, 1966, p. 87

[2] Carta a Jaime Cassador, 12 febrero 1536, Obras completas de san Ignacio de Loyola, BAC, 4ª edición, Madrid, 1982, p. 655.

[3] SIMÓN RODRÍGUEZ, S.I. De origine et progressu Societatis Jesu, MHSJ, 24.

[4] A. Demoustier, “Los primeros compañeros de Ignacio y los pobres”, Revista Manresa Nº 238, Enero-Marzo 1989.

Santos y Beatos de la Compañía

La santidad anónima

Desde San Ignacio en adelante, los jesuitas tenemos muchos hermanos en los altares: Francisco Javier, Pedro Fabro, Francisco de Borja, Alonso Rodríguez, Luis Gonzaga, Juan Berchmans, y una interminable lista de santos y beatos, cada uno con su memoria en el calendario. Por eso, en este día de todos los santos, quiero recordar esa multitud anónima de compañeros que han llegado a ser poseídos por el Espíritu Santo (que la santidad no es otra cosa que haberle hecho espacio al Espíritu, como una morada).  Allí está la santidad cotidiana, la de todos los días, la que muy pocos se dan cuenta. Es la santidad anónima de la guarda de los sentidos (C 250), la que se esfuerza en mantener la intención recta (C 288) pensar bien de los demás (EE 22) y hacer lo que le toca hacer con toda devoción posible (C 282).  La santidad anónima de amar la pobreza como madre, abrazando los efectos de ella (C 287), y abrazando también a los empobrecidos y marginados. La santidad anónima de quienes aman y desean asemejarse a Cristo pobre y humilde, con todo su séquito de injurias, falsos testimonios, afrentas, y ser tenidos y estimados por locos (C 101), así como fue tenido Jesús, así como fue tenido Ignacio.  La santidad anónima y cotidiana de quienes buscan proceder con espíritu de amor y no turbados de temor (C 547), poniendo su esperanza en que solo Dios podrá conservar y llevar adelante lo que se dignó comenzar (C 812). 

Pero la santidad anónima es árida y poco gratificante, como la de quienes navegaron en las ciencias duras, las culturas profanas y las políticas civiles (C 622), haciendo presencia allí donde el Reino aún no había llegado.  La santidad anónima es también la mundana, la que se vive más en la trinchera que en los templos, más en las encrucijadas de los caminos y no tanto en el salón de la fiesta de bodas (Lc 14, 23). La santidad anónima es invisible, se vive en el secreto de fidelidades sangrantes y vacíos fecundos, desconocidos por la mayoría de la misma Compañía.

Brindo hoy por estos compañeros y por esta forma de santidad.

Agustín Rivarola, SJ

La muerte de San Ignacio

La muerte de San Ignacio

Dice Pedro de Ribadeneira sobre el anciano Ignacio, que “al cabo de un rato de fijar los ojos en el cielo y estando como hombre arrobado y suspenso y que volvía en sí, se estremecía y saltándole las lágrimas de los ojos por el grande deleite que sentía en su corazón, le oía decir: “¡Ay, cuán vil y baja me parece la tierra cuando miro al cielo!”

Aquí solo hay olvido de sí mismo. Ya no queda ninguna autorreferencia sino que su mirada está totalmente dirigida hacia Dios. El peregrino está a punto de terminar su ruta y está listo para concluirla. Desde hacía años tenía una salud delicada, con frecuentes dolores agudos de estómago. Tras esa grave enfermedad de 1550 a la que se refiere, presentó su renuncia al generalato porque no se veía con fuerzas. Sus compañeros no aceptaron la renuncia. Siguió en el cargo, pero más debilitado. Se comentaba en la casa que cuando había algún problema importante, san Ignacio se reponía. Así lo recoge González de Cámara en su Memorial: “Cuando hay trabajos, el Padre Ignacio está sano”.

Su muerte fue muy discreta. Durante todo el mes de julio se encontró muy mal hasta el punto que le llevaron a la casa de campo del colegio romano. Regresó a Roma los últimos días de julio. Murió durante una madrugada calurosa romana, el 31 de julio de 1556, después de haber repetido varias veces durante la noche: “¡Ay, Dios!”. En palabras de Polanco: “Antes de dos horas del sol, estando presente el P. Madrid y el P. Andreas de Freux, dio el alma a su Criador y Señor, sin dificultad alguna”. Y añade: “Pasó al modo común de este mundo”. La semilla contenida en la cáscara del cuerpo estaba lista para partir. En la autopsia le encontraron tres piedras biliares en el hígado. El peregrino había llegado ya en vida al final de su peregrinaje porque él mismo dice en el término de su relato que con los años había estado “siempre creciendo en devoción, esto es, en facilidad de encontrar a Dios, y ahora más que en toda su vida. Y siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba” [Au 99]. Si podía encontrar a Dios con tanta facilidad es porque se había desalojado de sí mismo. Ignacio había culminado su peregrinaje en vida y ya estaba habitando en Dios.

Javier Melloni, SJ. Revista Manresa 87 (2015)

¿Por qué “Espiritualidad + Educación + Cultura”?

¿Por qué “Espiritualidad + Educación + Cultura”?

“SPIRITU-CORDE-PRACTICE” (Mon.Nat. V, 226-231), es el tríptico con el cual Jerónimo Nadal, SJ (1507-1580), recoge la síntesis integradora que veía en la persona de Ignacio: dejarse conducir por la acción del Espíritu, colaborar con Él desde el fondo del corazón, y poner por obra la gracia recibida. En efecto, describe a Ignacio como aquel que seguía al Espíritu (Spiritu), sin adelantarse, con la docilidad de quien lo encuentra en todas las cosas, con el afecto de quien lo encontró en el latido íntimo de su corazón (Corde), y con la caridad puesta en obras (Practice) de ayuda para los prójimos.
En definitiva, el trinomio Spiritu-Corde-Practice es expresión de una integración dinámica: ser conducido-determinarse-actuar. El dinamismo viene generado por el amor que se recibe de Dios, se acoge y se versa en el prójimo.
El Centro Loyola se inspira en esta frase de Nadal para integrar sus dimensiones de Espiritualidad, Educación y Cultura.  Al decir “Spiritu” buscamos promover actividades que junten el Creador con su creatura, varón y mujer, dejándose conducir por Él a través de la espiritualidad ignaciana, especialmente los Ejercicios Espirituales. “Educación”, educere, que etimológicamente significa “sacar fuera”, nos expresa en aquellas acciones que buscan desarrollar las potencialidades psíquicas, cognitivas y afectivas de la persona. Para que haya “Corde” educamos el latido íntimo del corazón, aprendiendo a sacar fuera los tesoros de la interioridad. “Cultura”, entendida como ethos(*) de un pueblo, expresa nuestros esfuerzos por promover una sociedad más justa y solidaria, especialmente desde nuestra ubicación en el conurbano bonaerense, abriendo espacios de capacitación para agentes de promoción humana. Y aquí nos inspiramos en Practice, la tercera fase de la dinámica de Nadal.
En síntesis, el Centro Loyola quiere ser un espacio para vivir la Espiritualidad ignaciana, educar las luces y sombras de la propia interioridad, y así evangelizar la cultura.

(*) ”Ethos”: la manera que un grupo de personas vive, piensa, siente, se organiza, celebra y comparte la vida. En toda cultura subyace un sistema de valores, de significados y de visiones del mundo que se expresan al exterior en el lenguaje, los gestos, los símbolos, los ritos y los estilos de vida.

El TAO ignaciano

El TAO ignaciano

  • “Cuida tus pensamientos, ellos se convierten en palabras.
  • Cuida tus palabras, ellas se convierten en acciones.
  • Cuida tus acciones, ellas se convierten en hábitos.
  • Cuida tus hábitos, ellos se convierten en carácter.
  • Cuida tu carácter, él se convierte en tu destino”.

Así recoge Lao Tze la importancia que Oriente le otorga al mundo de los pensamientos.  Desde ellos, transitando las otras instancias de palabras, acciones, hábitos y carácter, construimos nuestro destino. También Ignacio confiere gran importancia a los pensamientos, siempre teniendo en cuenta que lo entiende en su amplio sentido de la interioridad, donde incluye la acción de la gracia y la tentación: “presupongo ser tres pensamientos en mí, uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer, y otros dos que vienen de fuera: el uno que viene del buen espíritu, y el otro del malo” (Ej 32).

Ignacio fue un hombre de acción, deseoso de hacer grandes cosas, y por eso examinaba su conciencia cada hora.  Toda su mística se resumió en ser contemplativo en la acción, y no por ello le restó importancia al mundo que había comenzado a detectar en Loyola, advirtiendo “cómo unos pensamientos le dejaban triste y otros alegre” (Au 8). Poco a poco fue transmitiendo la importancia de los pensamientos, donde lo primero es revisar la interioridad “de hora en hora y de tiempo en tiempo” (Ej 43).  Nunca dejó de hacer su propio examen cotidiano de conciencia, “poniendo por escrito lo que pasaba por su alma” (Au 100), teniéndolo como el mejor medio para aprovecharse en espíritu. Considera los pensamientos en las muchas adiciones que acompañan las jornadas de Ejercicios: al acostarse (Ej 73) al despertarse (Ej 74), al comenzar la oración “alzado el entendimiento arriba” (Ej 75), evitando los pensamientos contrarios a la gracia que busco recibir (Ej 78).  También los pensamientos tienen lugar en el tercer tiempo de elección, “raciocinando” (Ej 178), nos avisan cuando han logrado liberarse de falsas culpas y escrúpulos (Ej 347), y cuando la desolación se quiere instalar como nuestro escenario vital (Ej 317). En el discernimiento de la segunda semana recomienda “mucho advertir el discurso de los pensamientos” (Ej 333), puesto que su coherencia y continuidad –“principio, medio y fin”-  significan la presencia de Dios. De este modo se explica aquella constante vigilancia de Ignacio que nos cuenta Diego Laínez: “Tiene tanto cuidado de su conciencia, que cada día va confiriendo semana con semana y mes con mes y día con día, y procurando cada día de hacer provecho” (FN, I, 140).

En este mundo tan sensible a los éxitos visibles, el cuidado de los pensamientos puede parecer una pérdida de tiempo.  Necesitamos reeducarnos en atender y conectar con el mundo invisible de mi interioridad, no solo para encontrar a Dios presente en todas las cosas, sino para edificar la grandeza de la vocación, que es nuestro destino. Así también lo dice Lao Tze: “El árbol que puedes abrazar, nace de una minúscula semilla; una torre de nueve plantas se asienta primero en el suelo; un viaje de mil kilómetros empieza por apoyar el pie en el suelo.”

Agustín Rivarola, SJ

“Lo que quiero y deseo” (EE 48)

“Lo que quiero y deseo” (EE 48)

  • Si bien la espiritualidad ignaciana surge de la fuente de los Ejercicios Espirituales, un Oasis espiritual no se reduce a la práctica de los mismos. Si queremos promover la espiritualidad de Ignacio, un hombre abierto al mundo y las nuevas fronteras de los tiempos, bien podemos pensar en una espiritualidad abierta y ecuménica, en profunda conexión con las dimensiones de nuestra misión: servicio de la fe, promoción de la justicia, en diálogo con las culturas y las religiones. Sería una espiritualidad encarnada, que integra lo humano con lo divino, nuestros deseos profundos con el Deseo de Dios, nuestra condición histórica con nuestros anhelos de eternidad, y nuestra conciencia ecológica desde nuestra corporeidad. Es decir, entendemos que una espiritualidad ignaciana puede y debe ser “holística”, es decir, integradora .
  • Al nombrarnos como Centro de Espiritualidad y Cultura , queremos situarnos en este movimiento de integración entre el Evangelio y la Cultura del lugar; como si el Espíritu (el carisma ignaciano) busca encarnarse en esta cultura del conurbano bonaerense del siglo XXI. Espiritualidad y Cultura no solo se necesitan mutuamente, como el alma y el cuerpo, sino también se enriquecen una a la otra.
  • Queremos también construir una espiritualidad no cerrada sobre sí misma, en intimismos narcisistas ni búsquedas auto referenciales. Buscamos una mística de ojos abiertos, atentos al Espíritu que ya está transformando el mundo, y una mística del seguimiento de Jesucristo que nos llama a trabajar por el Reino en comunión con la Iglesia. Es decir, una espiritualidad que no se reduzca a los espacios de oración, sino que sepa impregnar toda la existencia personal y colectiva, y que produzca “evangelizadores con Espíritu”, como dice EG 261.
  • Queremos una espiritualidad que integra esos cuatro valores universales, implícitos en el Evangelio y otras creencias: la dignidad de la vida y de la tierra, la tolerancia como base del respeto, la solidaridad que nos iguala, la justicia como fuente de paz.  Cuatro valores que son punto de encuentro para todo tipo de peregrinos: laicos y consagrados, varones y mujeres, ricos y pobres… Y en fidelidad a nuestra vocación de ir a las fronteras, queremos “atender a quienes nadie atiende” (Nadal), soñando con ser significativos para aquellos que se sienten excluidos de la Iglesia: familias ensambladas, divorciados en segundas uniones, víctimas de abusos y discriminación de género…